¿Estás enojado con Dios? También puedes hablar con Él desde tu dolor
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Hay momentos en los que el sufrimiento es tan grande que el corazón no entiende lo que está sucediendo. Algunas personas dejan de rezar, se alejan de la Iglesia o incluso sienten enojo contra Dios. Pero ese sentimiento, llevado a la oración, puede convertirse en un camino de encuentro con Él.
Hay dolores que no encuentran palabras.
La muerte de un ser querido. Una enfermedad que llega cuando menos se esperaba. Un matrimonio que se rompe. Un hijo que se aleja de la fe. Una injusticia que parece no tener respuesta. Una oración que durante meses o años parece no ser escuchada.
Y entonces puede aparecer una pregunta difícil:
“Dios, ¿por qué permitiste que esto me sucediera?”
A veces esa pregunta viene acompañada de enojo.
- “Estoy enojado contigo, Señor.”
- “Ya no entiendo por qué rezar.”
- “¿Dónde estabas cuando más te necesitaba?”
- “¿Por qué permitiste que esto ocurriera?”
Para algunas personas, reconocer estos sentimientos produce culpa. Piensan que sentir enojo contra Dios significa haber perdido la fe. Pero hay una diferencia importante entre sentir dolor, confusión o enojo ante Dios y decidir voluntariamente rechazarlo.
Dios no se escandaliza de nuestras lágrimas
La Sagrada Escritura está llena de personas que llevaron ante Dios sus preguntas, angustias y sufrimientos.
El libro de los Salmos contiene súplicas llenas de dolor. El salmista pregunta:
“¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome?”
Salmo 13, 2
Job también experimentó un sufrimiento profundo. No comprendía por qué estaba padeciendo y expresó ante Dios su desconcierto. Esto nos enseña algo muy hermoso: la oración no siempre tiene que comenzar con palabras bonitas.
A veces puede comenzar simplemente así:
- “Señor, estoy enojado.”
- “No entiendo lo que estás haciendo.”
- “Me duele mucho.”
- “Tengo miedo.”
- “No sé cómo seguir.”
Decirle esto a Dios ya es una forma de acercarse a Él.
Incluso Jesús conoció el sufrimiento
En el momento más doloroso de su Pasión, Jesús gritó desde la cruz:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Mateo 27, 46
Estas palabras corresponden al inicio del Salmo 22.
Jesús no estaba rechazando al Padre. Estaba expresando desde su humanidad el abismo de sufrimiento que estaba viviendo. Por eso, cuando una persona atraviesa una situación que no comprende, puede mirar a Cristo crucificado y descubrir que Dios no es indiferente al sufrimiento humano.
Cristo entró verdaderamente en nuestro dolor.
¿Y si estoy enojado porque Dios no respondió mi oración?
Esta puede ser una de las heridas espirituales más profundas. Una persona puede haber rezado durante años por la salud de alguien y, aun así, haberlo perdido. Puede haber pedido por la restauración de su matrimonio y continuar enfrentando dificultades. Puede haber pedido trabajo y seguir viviendo necesidades económicas. Puede haber suplicado por la conversión de un hijo y verlo cada vez más distante.
Entonces aparece la sensación:
“Dios no me escuchó.”
La fe católica no nos obliga a fingir que no duele.
La respuesta cristiana tampoco consiste en decir que todo lo que sucede es bueno. Hay situaciones que son verdaderamente dolorosas, injustas y terribles. Pero la fe nos invita a creer algo fundamental: Dios permanece presente incluso cuando no comprendemos su manera de actuar.
No siempre recibimos la respuesta que esperábamos. Pero podemos seguir llevando nuestra vida delante de Él.
- Puedes volver a rezar aunque todavía estés enojado
- Quizá hoy no tengas fuerzas para rezar un Rosario completo.
- Quizá no encuentres palabras para una oración larga.
- Entonces comienza con algo pequeño.
- Entra en una iglesia.
- Quédate unos minutos delante del Santísimo Sacramento.
- Mira un crucifijo.
- Abre un Evangelio.
- Reza un Padre Nuestro.
O simplemente dile:
“Jesús, aquí estoy. No entiendo nada, pero no quiero alejarme de Ti.”
Esa oración puede ser suficiente para comenzar nuevamente.
No tomes decisiones definitivas desde una herida
Cuando estamos profundamente heridos podemos pensar:
“Ya no volveré a la Iglesia.”
“Ya no voy a rezar.”
“Dios no existe.”
“No quiero saber nada de Él.”
Es comprensible que una persona atraviese una crisis de fe en medio del sufrimiento. Pero una herida profunda puede hacernos interpretar toda nuestra vida desde el dolor del momento.
- Por eso conviene no cerrar definitivamente la puerta.
- Puedes estar enojado y seguir entrando a la iglesia.
- Puedes tener preguntas y seguir buscando a Dios.
- Puedes llorar durante la Misa.
- Puedes acercarte al sacerdote y decirle sinceramente que estás pasando por una crisis.
- La fe también puede crecer en medio de preguntas que todavía no tienen respuesta.
- Habla con Dios como un hijo habla con su Padre
- No necesitas esconderte de Dios.
- Él conoce tu corazón antes de que pronuncies una sola palabra.
- Si estás enojado, díselo.
- Si estás decepcionado, díselo.
- Si tienes miedo, díselo.
- Si ya no sabes qué creer, díselo.
- Pero permanece cerca.
Porque quizá la oración que hoy nace de tu enojo pueda convertirse mañana en una oración de confianza. Y quizá algún día, mirando hacia atrás, puedas comprender algunas cosas que hoy parecen imposibles de comprender.
Una oración para quien está enojado con Dios
Señor Jesús,
hoy vengo delante de Ti tal como estoy.
No quiero fingir que todo está bien.
Estoy herido. Estoy cansado. Hay cosas que no comprendo y, algunas veces, siento enojo contigo.
Te he pedido tantas cosas y no entiendo por qué algunas de ellas no sucedieron.
He llorado. He preguntado. He esperado.
Y algunas veces he sentido que estabas lejos.
Pero, Señor, aunque mi corazón esté confundido, hoy quiero permanecer cerca de Ti.
No permitas que mi dolor me aparte de tu amor.
Enséñame a llorar contigo.
Enséñame a preguntarte sin perder la esperanza.
Enséñame a confiar cuando no pueda comprender.
Si mi fe es pequeña, sosténla Tú.
Si estoy cansado, dame fuerzas.
Si estoy herido, sana mi corazón.
Si estoy enojado, ayúdame a transformar mi enojo en una búsqueda sincera de Ti.
No quiero alejarme de tu Iglesia.
No quiero abandonar la oración.
No quiero cerrar mi corazón.
Aunque hoy solamente pueda decir tu nombre, recibe esa pequeña oración.
Jesús, confío en Ti.
Quédate conmigo en esta noche de mi vida y llévame poco a poco hacia tu luz.
Amén.
Si hoy estás enojado con Dios, no huyas de Él
Tal vez no puedas comprender lo que estás viviendo.
Tal vez todavía tengas muchas preguntas.
Tal vez necesites llorar antes de poder volver a sonreír.
Pero no tienes que caminar lejos de Dios para expresar tu dolor.
Puedes llorar delante de Él. Puedes reclamarle. Puedes preguntarle. Puedes permanecer en silencio delante de Él.
Y cuando no encuentres ninguna palabra, basta con quedarte cerca.
Porque la fe no consiste en tener respuesta para cada pregunta.
A veces la fe consiste sencillamente en decir:
“Señor, no entiendo lo que está pasando, pero no quiero soltar tu mano.”
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