Cuando el dinero desequilibra el amor en la pareja
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Cómo afrontar las diferencias económicas en la pareja desde la fe y el diálogo
En la vida matrimonial, el dinero suele presentarse como una herramienta necesaria, pero cuando existe una marcada diferencia de ingresos entre los esposos, puede transformarse silenciosamente en un factor de tensión. No siempre se habla de ello abiertamente, pero muchas crisis de pareja esconden, en el fondo, heridas relacionadas con el reconocimiento, la identidad y el valor personal.
Especialistas en acompañamiento matrimonial coinciden en que el conflicto no nace del dinero en sí, sino del significado emocional y simbólico que este adquiere dentro de la relación.
Más que números: identidad y reconocimiento
El ingreso económico toca una dimensión profunda del ser humano: la necesidad de sentirse útil, reconocido y necesario. Para quien aporta más, puede surgir una carga silenciosa de responsabilidad, control o temor al desorden financiero. Para quien aporta menos, aparece con frecuencia la sensación de ocupar un lugar secundario, de “valer menos” dentro del matrimonio.
Esta dinámica puede afectar tanto a hombres como a mujeres. En algunos casos, el varón experimenta una crisis de identidad cuando no es el principal proveedor; en otros, la mujer que sostiene económicamente el hogar puede sentirse incomprendida o sobreexigida. En ambos escenarios, el riesgo es el mismo: que el dinero sustituya al diálogo y al amor como eje de la relación.
El verdadero conflicto: cómo se vive y se gestiona
Más allá del monto del salario, uno de los principales focos de tensión es la forma de administrar los recursos. Diferencias en el gasto, en el ahorro o en las prioridades pueden generar reproches cotidianos que, aunque pequeños, erosionan la comunión matrimonial.
A esto se suma el miedo: miedo a no alcanzar, a perder estabilidad, a que el otro “no cuide” lo que se ha construido. Cuando estos temores no se expresan con claridad, se transforman en control, silencio o resentimiento.
Volver al proyecto común
Ante estas situaciones, los expertos recomiendan que la pareja regrese a la pregunta fundamental:
¿Para qué estamos juntos?
El matrimonio no es una sociedad comercial ni una contabilidad compartida, sino un proyecto de vida. Recordar que ambos caminan hacia un mismo horizonte permite resignificar el dinero como un medio al servicio del amor, y no como un instrumento de poder.
En este sentido, la transparencia financiera, el diálogo sincero y los acuerdos claros —como una cuenta común con espacios personales bien definidos— pueden fortalecer la confianza y evitar malentendidos.
Una mirada desde la fe
Desde la perspectiva cristiana, el dinero nunca puede ocupar el lugar del amor ni de la dignidad de la persona. La Iglesia recuerda que el matrimonio es una comunión de vida y de bienes, donde cada uno aporta no solo recursos materiales, sino dones, tiempo, cuidado y presencia.
San Pablo exhorta:
“Sométanse unos a otros por amor a Cristo” (Ef 5,21).
Esto implica renunciar a toda forma de dominio, también económico, y asumir el matrimonio como un servicio mutuo. Cuando el dinero se pone al servicio de la comunión y no del ego, se convierte en una oportunidad de crecimiento y madurez.
Escuchar la historia del otro
Finalmente, es importante reconocer que nuestra relación con el dinero está profundamente marcada por la historia familiar, la educación y las experiencias vividas. Escuchar al otro, comprender su manera de ver y vivir el dinero, es un acto de amor que permite construir unidad.
Porque en el matrimonio, como en la fe, no se trata de cuánto tenemos, sino de cómo nos entregamos.
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