¿Qué hacer si mi hijo o mi hija me dice que siente la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa?

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Para muchos padres, escuchar que un hijo desea ser sacerdote o que una hija quiere ingresar a un convento puede despertar sentimientos encontrados. La noticia puede generar alegría, sorpresa, temor e incluso tristeza, especialmente cuando los padres habían imaginado otro futuro: una carrera profesional, un matrimonio o la llegada de nietos.

Sin embargo, la Iglesia recuerda que toda vocación es, ante todo, una iniciativa de Dios y un don para toda la comunidad.

Una noticia que puede sorprender

Es natural que los padres necesiten tiempo para asimilar una decisión de esta magnitud. La vocación implica un cambio importante en el proyecto de vida de toda la familia y puede suscitar preguntas como:



"¿Y si está confundido?"


"¿Es demasiado joven para decidir?"


"¿No sería mejor que primero estudiara una profesión?"


"¿Nunca tendré nietos?"


Estas inquietudes son comprensibles y no deben provocar sentimientos de culpa.


Lo primero: escuchar

Si un hijo expresa que siente el llamado de Dios, lo más importante es escucharlo con serenidad.

Conviene preguntarle:

¿Cómo nació ese deseo?

¿Desde cuándo lo siente?

¿Ha hablado con algún sacerdote o religiosa?

¿Qué le atrae de esa vocación?


Escuchar no significa aprobar inmediatamente la decisión, sino acompañar el proceso con respeto y confianza.


La vocación necesita discernimiento

La Iglesia enseña que nadie debe precipitarse. El ingreso al seminario o a un convento no significa que la decisión sea definitiva.

Existe un tiempo de discernimiento, formación y acompañamiento espiritual precisamente para verificar si ese llamado proviene realmente de Dios.

Por ello, los padres pueden animar a sus hijos a dialogar con un sacerdote, un director espiritual o el responsable de pastoral vocacional de la diócesis o congregación.

¿Y los estudios?

Muchos padres piensan que una vocación implica renunciar al estudio, pero esto no corresponde a la realidad.

La formación sacerdotal y religiosa incluye años de preparación académica, filosófica, teológica, humana y pastoral. Además, muchas congregaciones cuentan con religiosos que son médicos, psicólogos, docentes, comunicadores, músicos, ingenieros o especialistas en diversas áreas, poniendo esos talentos al servicio de la misión de la Iglesia.

¿Y los nietos?

Quizá esta sea una de las renuncias que más cuesta aceptar.

Es natural que los padres sueñen con ver crecer una familia a través de sus hijos. Sin embargo, la vocación sacerdotal o religiosa no significa una vida estéril.

Como decía san Juan Pablo II, el sacerdote y la persona consagrada están llamados a una fecundidad espiritual inmensa, siendo padres y madres de innumerables personas mediante su servicio al Evangelio.

Muchos sacerdotes y religiosas acompañan durante toda su vida a miles de personas en momentos decisivos: bautizos, primeras comuniones, matrimonios, enfermedades, confesiones y el consuelo en el dolor.

No imponer, pero tampoco impedir

La decisión final pertenece al hijo o la hija y debe ser tomada libremente.

Ni presionar para que abandone la vocación ni obligarlo a seguirla son actitudes adecuadas.

La verdadera misión de los padres es ayudar a sus hijos a descubrir el camino que Dios ha preparado para ellos.

Una vocación también es un regalo para la familia

Cuando una vocación es auténtica, toda la familia participa de esa gracia.

Muchos padres de sacerdotes y religiosos descubren con el tiempo que el Señor no les quitó un hijo, sino que les regaló la alegría de verlo servir a Dios y a los demás.

Como afirmó el Papa Francisco:

"Toda vocación nace de la mirada de amor con la que el Señor salió a nuestro encuentro."


Un camino que merece oración

Si un hijo manifiesta una posible vocación, la mejor respuesta siempre será la oración.

Pedir al Espíritu Santo luz para discernir, confiar en la voluntad de Dios y acompañar con amor ese proceso permitirá que la decisión se tome con libertad y madurez.

Porque, al final, el mayor deseo de unos padres no debería ser únicamente que sus hijos tengan éxito profesional o formen una familia, sino que sean verdaderamente felices viviendo la voluntad de Dios.

"Habla, Señor, que tu siervo escucha." (1 Samuel 3,10)

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