Padre Hugo Armando Portillo Oliva
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El 10 de septiembre de 1967, a las 8:30 de la mañana, nacía en Guatemala Hugo Armando Portillo Oliva, quien con el paso de los años descubriría que su vida tendría un rumbo profundamente marcado por el servicio a Dios y a los demás.
Desde sus primeros años, su historia estuvo acompañada por personas que dejaron una huella importante en su formación. Su abuela, sus maestros y las experiencias vividas en Mazatenango fueron parte de ese camino. Entre sus grandes pasiones estuvieron el baloncesto y el voleibol, actividades que también reflejan una personalidad cercana, activa y profundamente humana.
Durante su etapa universitaria, diversas personas fueron importantes en su crecimiento. También comenzó a involucrarse de manera particular con la vida de la Iglesia. Fundó un coro infantil en su parroquia y se acercó al trabajo con los jóvenes.
El descubrimiento de una vocación
A los 24 años ingresó al seminario. Allí continuó su formación y tuvo encuentros con maestros que marcaron profundamente su vida.
Uno de los momentos decisivos de su vocación ocurrió aproximadamente dos años después de ingresar al seminario, durante un encuentro personal con el teólogo Emilio Mazariegos, a quien el propio Padre Hugo recuerda como una figura fundamental en su camino.
Fue entonces cuando comenzó a comprender con mayor claridad que su vida estaba llamada al servicio sacerdotal.
Para él, servir ha sido una de las mayores fuentes de realización:“Creo que servir es lo mejor que se puede hacer y soy una persona feliz y realizada.”
Su concepción del servicio tampoco está ligada a realizar grandes hazañas.
El Padre Hugo habla de encontrar satisfacción en servir a las personas en las cosas pequeñas, en aquellas acciones cotidianas que muchas veces pasan desapercibidas, pero que pueden transformar la vida de alguien.
Un sacerdote con corazón misionero
Después de completar sus estudios en filosofía y teología, el Padre Hugo aceptó el desafío de ir a tierra de misión. Una de las experiencias más significativas de su ministerio fue su llegada a Venezuela, específicamente a Machiques de Perijá, San Ignacio, donde participó en la fundación de una casa de sacerdotes y de una misión dedicada especialmente al trabajo con los jóvenes.
También recuerda su experiencia como misionero en Pochuta, después de un terremoto, donde vivió una experiencia espiritual profunda en la capilla del Santo Hermano Pedro.
Su camino sacerdotal también lo llevó a desempeñar otras responsabilidades. Fue catedrático en el Adolfo B. Hall Central y en la Escuela Técnica Militar de Aviación, además de participar en la Feria Católica Internacional.
A lo largo de sus años de ministerio, enfrentó también circunstancias difíciles. En su testimonio se mencionan experiencias relacionadas con extorsionadores y secuestradores, situaciones que formaron parte de los desafíos encontrados durante su servicio.
También se recuerda una experiencia de sanación en Guatemala atribuida a la intercesión del Padre Pío, así como la cercanía y protección que recibió del entonces cardenal Rodolfo Quezada Toruño.
Un sacerdote recordado por su alegría
Pero si hay una característica que aparece con fuerza en los testimonios de quienes han compartido con el Padre Hugo, es su alegría. Personas cercanas a él lo describen como un sacerdote leal, amigo, servicial y capaz de transmitir paz.
Uno de los testimonios recogidos expresa:
“Cuando lo saludo, le digo: Padre, ¿cómo amaneció? Bien, me dice, contento, feliz, alegre.”
Esa alegría no es presentada como algo superficial, sino como una expresión de una vida interior que busca permanecer cerca de Dios.
Para muchas familias y miembros de las comunidades donde ha servido, el Padre Hugo ha sabido crear vínculos que van más allá de la relación habitual entre sacerdote y feligrés.
Una familia recuerda especialmente cómo, al conocerlo, sintieron que fueron recibidos como parte de su propia familia. Esa capacidad de acoger ha dejado una huella profunda en quienes han compartido con él.
Una Iglesia que se construye en comunidad
En los testimonios también aparece una característica importante de su ministerio: su deseo de que las comunidades estén unidas. Quienes lo conocen destacan su capacidad para promover el trabajo en equipo, integrar grupos y motivar a los jóvenes a acercarse a Dios.
Su manera de trabajar combina actividad y organización. Le gusta impulsar iniciativas, pero procurando que exista orden y participación de los distintos grupos de la comunidad. Uno de los recuerdos más significativos para una familia fue una peregrinación a Esquipulas, donde el Padre Hugo celebró la Santa Misa en la Basílica del Cristo Negro. Para ellos, aquella experiencia se convirtió en uno de los grandes recuerdos de su paso por la comunidad.
Un sacerdote que muestra que la fe también puede vivirse con alegría
Quizá uno de los aspectos más particulares del testimonio del Padre Hugo es su deseo de mostrar que la vida cristiana no tiene que estar separada de la alegría cotidiana.
Él mismo lo expresa con palabras muy sencillas:
“Que se puede servir con alegría, que se puede ser una persona normal, que a uno le guste cantar, que le guste bailar, que le guste hacer deporte, que le guste salir a pasear.”
Su mensaje es que una persona puede disfrutar de la vida, tener sueños, equivocarse, reconocer sus limitaciones y, al mismo tiempo, encontrarse con Jesucristo. Para el Padre Hugo, Jesús necesita personas normales, alegres y capaces de transmitir tanto el amor a la oración y a los sacramentos como el deseo de vivir plenamente.
“La gente necesita descubrir que en la alegría de todos los días puede servirle a Jesús.”
También expresa una preocupación pastoral muy concreta: que algunas personas puedan pensar que para servir a Dios tienen que dejar de lado su personalidad, sus amistades y aquello que forma parte de su vida cotidiana.
Por eso afirma que cuando las personas se acercan a él pueden descubrir no solamente al sacerdote, sino también a Hugo, la persona que existe detrás del ministerio.
Una amistad que ha acompañado 26 años de sacerdocio
El Padre Hugo habla con gratitud de las numerosas amistades que ha cultivado durante sus 26 años de sacerdocio, tanto desde su infancia como durante sus distintas etapas de formación, sus parroquias y los lugares donde ha servido.
Conserva amistades de la niñez, del bachillerato, de la universidad y de las diferentes comunidades que han formado parte de su historia. Para él, esas relaciones también son un regalo de Dios.
Y precisamente por eso lamenta cuando alguien entra en la Iglesia y termina alejándose de sus amistades por pensar que la vida cristiana exige abandonar aquello que le permite relacionarse sanamente con los demás.
Su testimonio propone una Iglesia cercana, alegre, comunitaria y profundamente humana.
Para Apostolado Católico Familiar Hechos, una historia muy especial
La historia del Padre Hugo tiene además un significado particular para Apostolado Católico Familiar Hechos. En 2017, el Padre Hugo tuvo la generosidad de brindar su bendición y respaldo para que pudiéramos dar los primeros pasos en la fundación de Apostolado Católico Familiar Hechos, abriéndonos la oportunidad de servir en la Parroquia Santa María del Tepeyac, en Guajitos, zona 21.
Aquella oportunidad forma parte de nuestra propia historia y la recordamos con profunda gratitud. Su confianza nos permitió comenzar un camino de servicio que, con el paso de los años, ha continuado creciendo y buscando llevar a las familias un mensaje de fe, esperanza y encuentro con Jesucristo.
Por eso, al hablar de la vida del Padre Hugo Portillo, no podemos hacerlo solamente desde la admiración por su ministerio sacerdotal. Para nosotros existe también una historia compartida, una puerta que él ayudó a abrir y una oportunidad de servicio que recibimos con gratitud.
Una vida que continúa dejando huella
La vida del Padre Hugo Armando Portillo Oliva muestra que el sacerdocio puede vivirse con profunda entrega y, al mismo tiempo, con alegría, amistad, deporte, música, cercanía y humanidad.
Su historia recuerda que servir a Dios no significa dejar de ser quien somos, sino permitir que todo aquello que somos sea puesto al servicio de Jesucristo y de nuestros hermanos.
Después de tantos años de ministerio, su legado puede resumirse en aquello que él mismo señala: Dios, el servicio al prójimo y el amor de Dios.
Y para quienes hemos tenido la gracia de caminar junto a él, queda también una palabra que resume mucho de su testimonio: Gracias, Padre Hugo, por enseñarnos que se puede servir a Jesús con alegría, con cercanía y con un corazón dispuesto a estar al lado de las personas.
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Padre Hugo Armando Portillo Oliva
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