Papa León XIV autoriza la beatificación del fraile guatemalteco Rafael Ramírez Monasterio

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El Papa León XIV ha autorizado la beatificación del fraile guatemalteco Rafael Ramírez Monasterio, asesinado en 1983 durante los años más cruentos del conflicto armado interno en Guatemala. La decisión pontificia reconoce oficialmente su martirio, lo que despeja el camino para su beatificación sin necesidad de la acreditación de un milagro.

Según informó este jueves la Oficina de Prensa del Vaticano, el Santo Padre firmó el decreto tras sostener una audiencia con el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos. En dicho encuentro se validó el sacrificio del religioso, quien entregó su vida por fidelidad al Evangelio en un contexto de violencia, persecución y profunda inestabilidad social.

Rafael Ramírez Monasterio nació el 5 de noviembre de 1937 en Guatemala. Fue miembro de la Orden de los Frailes Menores Franciscanos, realizó su formación religiosa en España y fue ordenado sacerdote en 1967 en Teruel. A lo largo de su ministerio destacó por su cercanía con los más pobres, su compromiso pastoral y su testimonio de fe en medio de la adversidad.

El reconocimiento de su martirio constituye un signo de esperanza para la Iglesia guatemalteca y para todos aquellos que, en distintos contextos, han dado la vida por el Evangelio. Su ejemplo se suma al testimonio de tantos hombres y mujeres que, con fidelidad y valentía, han sido luz en medio de la oscuridad.


Fray Augusto Ramírez Monasterio: el pastor que dio la vida por el secreto de confesión


Desde su infancia, la vocación sacerdotal de Fray Augusto Ramírez Monasterio se manifestó con una claridad poco común. A los seis años, mientras otros niños jugaban a soldados o escondidas, él invitaba a sus amigos a “celebrar la Misa”. Preparaba el espacio, asignaba roles y vivía aquel juego con profundo respeto y seriedad. “Él decía que llegaría a ser obispo”, recuerdan quienes compartieron su niñez.

Nacido en Guatemala, su vida estuvo marcada tempranamente por el dolor. En 1949, cuando apenas tenía 12 años, falleció su padre. Antes de morir, este dejó un encargo especial: una antigua imagen del Niño Dios, resguardada en una bomba de cristal. La familia cumplió su deseo y la entregó a la Iglesia de San Francisco, donde fueron recibidos por Fray Celestino Fernández, entonces superior franciscano. Aquel gesto sencillo selló aún más el vínculo espiritual de Augusto con la Orden Franciscana.


Un joven alegre, cercano y lleno de talentos

Quienes lo conocieron lo describen como un joven alegre, servicial, amistoso y atento a las necesidades de los demás. Fue acólito en las Beatas de Belén y en la iglesia de Belén; buen jugador de fútbol, músico y amigo de todos. Su amor por la música se fortaleció en el coro juvenil de los padres Maryknoll, donde comenzó a servir con entusiasmo.

Inició sus estudios primarios en el Colegio San José de los Infantes (hoy Liceo Guatemala) entre 1947 y 1952. En 1953 ingresó al Colegio Seráfico de Diriamba, Nicaragua, donde completó su bachillerato en 1957. Ya desde noviembre de 1952 había pedido formalmente ingresar a la Orden Franciscana, pronunciando una frase que marcaría su vida:

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”

Tras orar, asistir a la Santa Misa y rezar el Vía Crucis en la iglesia de San Francisco de la ciudad de Guatemala, entró solo a la sacristía para hablar con el Padre Antonio Reche. Minutos después salió abrazado por él, con la certeza de haber sido aceptado. Su camino formativo lo llevó a Nicaragua y posteriormente a España, donde continuó sus estudios.


Formación franciscana y ordenación sacerdotal

Fray Augusto inició su noviciado el 23 de diciembre de 1958 en Jumilla, Santa Ana del Monte (España), y realizó su profesión simple el 26 de diciembre de 1959. Estudió Filosofía en Hellín, Albacete (1959–1964) y Teología en Orihuela y Teruel (1964–1967).

Fue ordenado sacerdote el 18 de junio de 1967, en la iglesia de San Francisco de la ciudad de Teruel, España. Ese mismo año regresó a Guatemala, donde celebró su primera Misa solemne en la iglesia de San Francisco de la capital.

Pastor, formador y servidor incansable


Su labor pastoral fue amplia y fecunda. Sirvió como vicerrector y profesor en el Colegio Seráfico de Diriamba, director del mismo colegio, rector del Seminario Menor en Antigua Guatemala, consejero de la Custodia Franciscana y superior de diversas fraternidades.

Fue Superior y Párroco de la Iglesia de San Francisco El Grande, cargo que desempeñó durante cinco años hasta su martirio. Impulsó la formación de catequistas, trabajó con jóvenes de MOJUFRA, apoyó la pastoral indígena en comunidades de Sacatepéquez y promovió vocaciones franciscanas mediante la fundación del Comité Pro Ayuda en Guatemala.

En 1980, tuvo un papel destacado en los festejos por la beatificación del Santo Hermano Pedro de San José de Betancur, a quien admiraba profundamente.

El conflicto armado y el testimonio final

Durante los años más duros del conflicto armado interno, Fray Augusto fue reconocido como un hermano menor al servicio de todos, especialmente de los campesinos y los más vulnerables.

En 1983, un campesino bajó a Antigua Guatemala buscando ayuda para acogerse a la amnistía ofrecida por el gobierno. Llegó a la iglesia de San Francisco y encontró a un sacerdote en el confesionario.

“Él me escuchó y me ayudó… Yo no lo conocía, nunca lo había visto antes. El Padre Augusto dio su vida por mí”, relataría después.

En junio de ese año, Fray Augusto, el campesino y dos niños fueron llevados a una base militar en Chimaltenango. Allí fue torturado brutalmente para obligarlo a revelar lo escuchado en confesión. Le quemaron las manos, lo colgaron, lo golpearon y lo arrojaron a un hoyo en la tierra. Jamás habló.

Al ser liberado, se negó a firmar un documento que afirmaba que había sido bien tratado. Dijo con firmeza:

“No debo nada a nadie. Yo no me voy. Hay que dar un precedente.”

El 7 de noviembre de 1983 fue secuestrado y asesinado. Dos días después, el 9 de noviembre, Prensa Libre publicó en portada la noticia de su muerte violenta.

Un funeral que desbordó las calles

Su cuerpo fue velado el 8 de noviembre en Funerales Reforma, zona 9, y trasladado a Antigua Guatemala. Miles de personas, seglares, religiosos, asociaciones y extranjeros, acudieron a despedir al pastor. La iglesia de San Francisco El Grande resultó insuficiente para contener el dolor del pueblo.

La estudiantina que él había fundado acompañó la misa de cuerpo presente. Sus restos fueron sepultados en el interior del templo, cerca de donde entonces reposaban los restos del Hermano Pedro de Betancur.

Mártir del silencio, la fe y la caridad

Desde entonces, miles comenzaron a reconocer en Fray Augusto a un mártir de la fe, del secreto de confesión y del amor pastoral sin condiciones. Fue secuestrado, torturado y asesinado por permanecer fiel a Cristo y a la dignidad sagrada del sacramento de la Reconciliación.

Hoy, su vida sigue hablando con fuerza a una Iglesia llamada a ser valiente, cercana y fiel, incluso hasta dar la vida.

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